Donde el Viento Aprende a Danzar.
Engalanado por la luz que lo habita,
majestuoso señor de bosques,
campos y ciudades,
ignorando a propósito la intemperie,
impregnas el aire de fragancias vivas.
Tu presencia es grandeza:
en tu sombra nace firme el abrigo,
y el transeúnte, se detiene en silencio
sorprendido,
contemplando
tu irradiante belleza…
¿Cómo lo haces, día tras día?,
con el vaivén de hojas que danzan
frente al talador humano,
ciego de prisa y esperanza rota.
Aferrado a tus raíces de savia,
sientes la zozobra del desarraigo,
de la tierra que llamaste hogar y
el pulso que te sostenía.
Con delirio conmovedor la abrazas,
anhelando su íntimo refugio;
al final te rindes,
con el viento, desorientado,
aprendiendo a callar entre el concreto.
Miras con nostalgia,
inspiras la vida que aún brota de tu esencia,
mientras el mañana, incierto,
avanza con avaricia ensordecida.
Entonces tu latido clama: ¡Basta ya!
y el universo, en su esplendor,
palidece y escucha.
H.R


